Leer y escribir en red

Categoría: Análisis

En una entrevista publicada por ADN cultura, de La Nación, el escritor Ricardo Piglia analiza la forma en la que los libros son leídos hoy en día.

-En esta era de expansión de los medios y del mundo digital, ¿ha cambiado el estatuto de la literatura? ¿La literatura sigue teniendo el mismo poder crítico que se le atribuyó?

-Probablemente haya cambiado, es difícil saberlo todavía. Yo pienso que la literatura es un uso del lenguaje muy complejo, quizás el más complejo posible, y me parece que la experiencia de la literatura ayuda a descifrar y a entender mejor los otros usos del lenguaje que circulan en la sociedad. Me parece que la literatura ha tenido siempre esa función. Un modo de conocer que no solo tiene que ver con el contenido de lo que se está leyendo sino con los modos de descifrar el sentido. Es una experiencia donde está en juego la creencia, la relación ficción-verdad, lo no dicho, la incertidumbre; una serie de usos del lenguaje que luego el sujeto va a utilizar de manera espontánea en su comprensión de los otros discursos sociales. Esa es para mí una de las funciones de la literatura y no creo que la vaya a perder. “No se ha de llover el rancho en donde este libro esté.” Me parece que a eso a se refería Hernández cuando escribió esos versos en el final del Martín Fierro .

-¿El acceso masivo a la tecnología, fenómenos como Internet, los blogs, han modificado la lectura? ¿En qué sentido?

-Lo que ha cambiado básicamente es el acceso a los textos que se pueden leer. Cualquiera de los de mi generación sabe lo que era conseguir un libro, una información, y lo que hoy tenemos a disposición es extraordinario. Las nuevas tecnologías democratizan el acceso a la cultura en sentido amplio y establecen una relación personal muy dinámica con todo ese conocimiento disponible. Ahora, aceptado esto, hay que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra relación con la temporalidad, no solo porque la tematiza en los tiempos verbales sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar. Lo cambiaron los matemáticos, que establecieron una serie de signos para acelerar la comprensión de fenómenos muy complejos. Pero las notaciones artificiales no pueden sustituir la práctica del lenguaje. El esperanto fue otra ilusión inútil. Los jóvenes hacen cambios mínimos en ese sentido, escriben las palabras en forma simplificada, taquigráfica, y así se acercan a la criptografía. Buscan acercar el lenguaje a la imagen. Pero de ese modo no aceleran el sentido, solo lo abrevian. Quizá la poesía es la única práctica que ha logrado hacer algo con la velocidad de la significación; condensa y superpone el sentido de manera extraordinaria, de modo que nos permite una relación con el lenguaje a la vez muy lenta y muy fugaz.

-La velocidad se asocia también con la imagen.

-Claro, hay una relación antagónica entre la imagen y la lectura. Porque cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras, sencillamente se dice que una imagen llega más rápido y se descifra más rápido que las mil palabras, que necesitan un tiempo para ser leídas. Las imágenes no dicen más, lo dicen más rápido.

- ¿Y se producen cambios en relación con la escritura?

-Por supuesto, no debemos entender por cambios la simple tematización. Que en las novelas ahora la gente no se mande cartas sino e-mails y mensajes de textos es simplemente un dato, del mismo modo que en las novelas del siglo XVIII los personajes andaban a caballo y ahora van en auto. Pero que haya habido cambios en los modos de narrar no lo veo todavía. Los que han llegado más lejos en ese sentido han sido Borges y Joyce. Básicamente porque han trabajado con la expansión de una red de sentido, han tratado de romper la linealidad apacible de la narración, y empezaron a incorporar elementos que hoy encontramos en el mundo digital como algo ya muy popularizado. Bastaría pensar en “El Aleph” o “El jardín de senderos que se bifurcan”, para encontrarnos con esas posibilidades de alternativas y de múltiples recorridos, implícitos ya en un texto. Y no hablemos del Finnegans Wake, un intento de crear la simultaneidad absoluta. Borges y Joyce hicieron usos del lenguaje y de la narración que están muy cerca de las experiencias múltiples de las máquinas actuales.

-También tu literatura propone una lectura no lineal, en red. Hay saltos y remisiones permanentes -podríamos hablar de links- a otros textos. Al mismo tiempo que cada libro tiene una particularidad, hay escenas, situaciones, reflexiones que se reiteran, se amplifican, se modifican, y de algún modo los límites entre uno y otro libro se desdibujan.

-A eso aspiraría, ¿no?, a la idea de remisiones, que a veces son implícitas y a veces explícitas. Ojalá todos mis libros se pudieran leer como un solo relato.

-Habrían cambiado ciertos modos de leer

-Es la experiencia de la percepción distraída: estamos leyendo, pero al mismo tiempo escuchamos la radio, vemos la tele sin sonido, leemos un e-mail , hablamos por teléfono. Ya no somos el lector que lee con una luz en la noche, aislado. La vieja metáfora de la isla desierta que usan los medios, como ejemplo de la lectura perfecta: ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta?, es decir, qué libro leería usted si no tuviera otra cosa que hacer. La lectura como condena. El lector es un naúfrago, no tiene alternativas. Porque lo que se vendría a romper hoy es justamente esa idea de aislamiento. Macedonio ya hablaba de esto en los años veinte, con su idea del lector salteado. Todos somos hoy el lector salteado de Macedonio Fernández. El lector que asume la interrupción como un elemento interno a la lectura misma. Y la narración se ha hecho cargo de esa ruptura. Ya no hay linealidad. Macedonio primero que nadie, entre nosotros. Y Joyce, por supuesto. O la poesía del gran Leónidas Lamborghini. Yo siempre cuento una historia que me padece muy divertida. La primera persona que se conectó por la Web con Amazon compró el Finnegans Wake . Amazon es el comienzo del fin de la librería como espacio real, y cuando el primer lector virtual va a buscar un libro no busca una novela de John Gardner, desde luego, sino un libro que de una manera explícita tiene que ver con ese mundo nuevo.

La entrevista completa de Patricia Somoza está en adncultura.com.

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