Las estrellas pop y la web 2.0
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La aparición de “Hard Candy”, el nuevo disco de Madonna, sirve para reflexionar sobre el rumbo que ha tomado la cultura popular -y su correspondiente star system- en tiempos marcados por un nuevo marketing: el impuesto por el espíritu hacker que brilla en Internet. Cambios y tendencias sociales en una época en la que podría pensarse a MySpace, Fickr y You Tube como los verdaderos ídolos de los adolescentes. Por Cecilia Pavón, para adnCultura.
Los dilemas del estrellato pop

Alguna vez existeron algo así como los Madonna Studies : una disciplina académica que se dedicaba a interpretar la carrera de una estrella pop. Para los scholars que llevaban adelante este campo de estudio, la self made woman del mainstream musical, con orígenes en la subcultura negra del under neoyorquino, servía para pensar cómo las políticas emancipatorias podían usar las herramientas de la cultura de masas. Al proclamarse -sin culpa- una mujer materialista y exitosa, o al jugar con los clichés de la virginidad, Madonna cuestionaba la sociedad patriarcal y ofrecía a las adolescentes modelos de identidad femenina que les permitían ganar poder en una sociedad desfavorable. Lo político del pop residía en su carácter programáticamente artificial: si la identidad prefigurada por Madonna era algo intercambiable y construido, entonces los roles que organizaban la vida social eran también una construcción factible de ser modificada.
A la vez, el modo de funcionamiento del pop presentaba un modelo antiautoritario de articular las diferencias inherentes a toda sociedad, porque ya no surgía de la religión o la política tradicional, sino que aparecía desde las identidades evanescentes de la cultura juvenil. Y este antiautoritarismo tenía que ver también con otro aspecto: el hecho de que una obra de arte pop fuera contextual. A diferencia de una obra de arte de la alta cultura, que reclama para sí la cualidad de autónoma, el pop quiere ser llevado al mundo para ser usado por sus oyentes. Allí, ídolo y fan establecen un pacto muy particular. La estrella le dice a su oyente: soy una pantalla en blanco (o una mercancía vacía) en la que tenés libertad de proyectar tu propia experiencia, e incluso imaginar una vida mejor. La calidad compositiva, es decir el interjuego entre distintos elementos formales, es solo una parte de una obra pop: para tener sentido, siempre debe ser completada por los receptores (y sus subjetividades). Por eso, cuando Britney Spears o Christina Aguilera les dicen a las cámaras que no existirían sin sus fans, no se trata solo de demagogia o marketing : el lugar común es veraz. Los fans de Madonna o de los Rolling Stones son una parte central de la obra que ellos (ayudados por productores, vestuaristas, iluminadores, maquilladores y videastas) ponen en escena. En oposición, quien escucha a Schönberg no juega ningún rol decisivo: la música dodecafónica es inmanente, solo depende de su construcción formal. No se relaciona con el presente (es decir con el contexto) sino con el pasado (de la historia de la música) e intenta ser una hipótesis del futuro. A diferencia del pop, como cualquier otro género popular, cuya relevancia se define en su relación con los problemas del aquí y ahora.
Que alguien se vuelva loco con Miranda y desprecie al que muere por La Renga habla de mucho más que de la capacidad de esa persona para disfrutar o comprender distintos estilos musicales. Por eso, la tarea de un crítico de música pop -o lo que comúnmente se conoce como un crítico de rock- es más compleja que la de un crítico de música de vanguardia: porque además de analizar la obra pop en todos sus aspectos formales, debe dar cuenta de su recepción. Y esto no es posible sin convertirse en parte de esa recepción. Hay que haber ido a una rave y haber bailado horas para entender la música house . Y esta recepción, esta escucha, nunca es solitaria sino siempre grupal. Incluso cuando hacemos el ejercicio nostálgico de escuchar, en la comodidad de nuestra casa, la música que nos marcó veinte años atrás (hoy el pop ya no es ni remotamente exclusividad de los jóvenes). Al poner ese disco de The Smiths o de The Cure que escuchábamos a los quince años, por ejemplo, no solo escucharemos las melodías sombrías cantadas por una voces melancólicas y abatidas surgidas del desmantelamiento de los servicios sociales que llevó adelante el gobierno de Margaret Thatcher: estaremos también ante una parte de nuestra formación emocional, el momento de nuestra socialización primaria en el que la música servía para crear un espacio autónomo (junto a otros jóvenes que sentían lo mismo) dentro del gris mundo de los adultos.
Pero fueron necesarias unas pocas décadas para que las cosas cambiaran, y madre e hija desearan vestirse con la misma marca de jeans y escuchar juntas a Mariah Carey. Mientras tanto, en las casas dejaban de tener importancia los equipos de música y empezaban a ganarla las computadoras, que interconectadas formaban una comunidad compleja llamada Internet. Y si lo que definía el pop era la escucha en comunidad, ¿existe una forma más radical de estar incluido en una comunidad que aquella propuesta por la Web 2.0? Desde ese punto de vista, la cultura de Internet es tan pop como la música de Madonna, o mucho más pop, o radicalmente pop. O también podría decirse que se trata de un desarrollo más exitoso de la misma práctica subcultural llevada adelante por la música pop. Porque la Web 2.0, Internet en la que interactuamos todos los días, creando contenidos (por ejemplo, cuando hacemos un comentario en un blog ) y alimentando así un archivo imposible de dimensionar, puede ser leída, al igual que el pop, como el desarrollo de la subcultura de los círculos cerrados de hackers que interactuaban -al igual de muchas otras subculturas- en la costa oeste de Estados Unidos durante los años setenta. Como lo señala un artículo disponible en la publicación on-line Planta (www.plantarevista.com.ar), la revista Rolling Stone publicó ¡en 1972! una crónica sobre la escena hacker estadounidense. La nota ofrecía una minuciosa alabanza a los jóvenes programadores que manipulaban computadoras PDP-10 del tamaño de una heladera industrial, junto con sus elucubraciones en torno a una remota red de usuarios (la ARPAnet) y los tímidos prototipos de videojuegos, como el Spacewar , a los que aún se conocía como “juegos”, a secas. Desde los centros de cómputos de universidades y empresas, los hackers funcionaban como “una dinámica y flamante elite, con sus propios aparatos, lenguaje y personalidad, sus propias leyendas y sentido del humor. Son seres magníficos, que exploran la frontera de la tecnología en sus máquinas voladoras, una frontera curiosamente maleable; un país fuera de la ley, donde las reglas no dependen de decretos ni rutinas, sino de las salvajes demandas de lo posible”. Cargada de entusiasmo, la crónica brindaba los datos necesarios para contactarse con distintos grupos de hackers y concluía en un llamado a unirse a su alegre comunidad: “Estemos listos o no, las computadoras están llegando a nosotros. Y son buenas noticias. Tal vez, las mejores desde los alucinógenos”. Quizás este origen subcultural común del pop e Internet sea una de las razones por las cuales los intelectuales formados en la alta cultura no son capaces de producir un solo pensamiento relevante sobre un fenómeno como Internet, que atraviesa por completo nuestra vida cotidiana; en su lugar, se dedican a lamentarse del empobrecimiento cultural que representarían los blogs , por ejemplo, en relación con la literatura. Porque del mismo modo que para ser crítico de rock hay que ser parte de la recepción -y entusiasmarse con esa música-, para entender la cultura pop de Internet hay que usarla y entusiasmarse con sus formatos. Y aquí es donde regresa Madonna.
Si hay algo que no interesa en Hard Candy , su último trabajo, es la parte musical. Producida a partir de un hip-hop estandarizado por los fabricantes de hits más reclamados del mercado americano (Timbaland y Pharrel Williams), suena igual a cualquiera de los trabajos que estos talentosos productores fabrican por docenas cada semestre, de Nelly Furtado a Gwen Stefani. Y nada de lo que hay alrededor de su último lanzamiento resulta interesante: shows privados en Nueva York, concursos de poesía de cuatro líneas sobre la grandeza de la estrella con tickets impagables como premio, la posibilidad de descargar el disco antes de que esté en las disquerías si uno es cliente de cierta marca de celular Qué lejos está todo aquello de la chica que nos invitaba a faltar al trabajo y tomarnos un día “fuera del tiempo” en la canción Holiday . Si en los años ochenta la cultura juvenil todavía estaba en las discotecas, y los jóvenes celebraban la danza, la fiesta y el cuerpo como salvación (tópico que atraviesa toda la carrera de Madonna), es innegable que hoy esa misma cultura -con un contenido utópico similar al que investía, por ejemplo, a las raves - encuentra su medio más adecuado en Internet. Por estos días, los jóvenes intercambian música producida por ellos mismos (y por otros) en Soulseek y MySpace, comparten sus experiencias de vida en Fotolog y hacen sus propios shows de TV en YouTube. Hasta podría postularse que estas plataformas y aplicaciones son las estrellas pop de nuestra era. Tener una cuenta de Flickr es sin duda hoy más importante para cualquier adolescente que comprarse el último CD de Madonna. Por otro lado, los jóvenes ya no sueñan con ser estrellas pop, sino con ser hackers . El duelo sugerido por la nota de Rolling Stone tuvo un vencedor: las computadoras les ganaron a los alucinógenos. Los nerds les ganaron a los chicos sexy y los foros del ciberespacio por los que circulan los jóvenes se impregnaron del espíritu hacker : pronunciarse a favor de un software libre, sin licencias, resultado de un trabajo anónimo y en colaboración. Y Madonna, que como todo artista busca relevancia, lo sabe (o al menos alguno de sus asesores publicitarios lo sabe), e intenta hacer algo con este hecho. Tal vez sea esa la razón por la que “colgó” su disco en MySpace antes de ponerlo a la venta en las disquerías. Y escribo “colgar” así, entre comillas, porque en realidad lo que hizo no fue precisamente colgarlo, es decir, ponerlo por completo a disposición de los usuarios, sino abrirlo para que el usuario pudiera bajar un tema gratis. Y esto entra en clara contradicción con la lógica de lo gratuito que rige el funcionamiento de esta plataforma, más allá de que el acceso libre pueda aprovecharse para crear nuevos modelos de negocio, como de hecho sucede.
Más bien se trataría de dos eras del marketing en conflicto: la mercancía “Madonna” proviene de una época en la que resultaba más rentable venderles un solo producto a muchos consumidores. En el mundo de hoy, protagonizado por consumidores cada vez más diferenciados, una empresa como Amazon -por presentar un caso de la Web misma- gana más con la suma de las ventas de pocos ejemplares de libros extraños a muchos compradores interesados en rarezas que con las ventas de bestellers. Es lo que los economistas llaman la teoría de la larga cola, o Long Tail . Una estrella del pop como Madonna, o una macrocelebridad solo puede venderse si hay mucha gente detrás de lo mismo. Y la Web 2.0 es más bien un universo de microcelebridades, donde cada vez hay más personas que quieren cosas distintas. Pero el lance de Madonna en este universo tuvo otro efecto interesante: demostró que su idea del estrellato es demasiado solemne para el mundo de los jóvenes que crece en Internet. Toda la saga puede seguirse en YouTube, y las ramificaciones son infinitas: allí, dos chicas de quince años, Miley y Mandy, colgaron un spoof -como se nombra en la jerga hacker la falsificación de la identidad- del último video de Madonna (que también podía bajarse gratis en MySpace). En unas pocas horas obtuvieron dos millones de visitas en su cuenta. Muy pronto, se publicaron otros cientos de videos contestándoles y parodiándolas, como sucede en la dinámica normal de YouTube, y hasta la misma Madonna se animó a contestarles con un breve video que la muestra subida a unos stilettos imposibles bajo el peso de kilos de bijouterie sofisticada, en el que parece advertirles a todas esas personas que mejor hagan buenos videos con sus temas. Así, es curioso el contraste entre una mujer de casi cincuenta años vestida con marcas italianas, enojada con dos quinceañeras desaliñadas que bailan al son de su música sin pagarle los derechos de autor que le corresponden. Por cierto, también es paradójico que no pueda hacer nada, como iniciarles juicio. Y es que a esta altura de los acontecimientos (virtuales), en la que el uso de YouTube es masivo y universal, a nadie se le ocurre demandar a otro por colgar material protegido por copyright . Lo llamativo de la respuesta de Madonna es lo inocua que parece frente a esta cultura de adolescentes erosivos y sarcásticos. Y en efecto, en los cientos de minishows de chismes del espectáculo que pueblan la comunidad de YouTube, casi no hay más que sarcasmo para la reina del pop. A uno incluso llega a darle pena. Hasta dan ganas de defenderla y recordar que cada uno de sus trabajos definen el espíritu de su época, como sus más fervientes admiradores suelen argumentar. Pero al involucrase en el complejo mundo de la Web 2.0, queda completamente claro que ya no hay nada con menos futuro que una estrella pop.











